April 17, 2009 por Ubaldorodriguez
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No sé si cuando Eugène Ionesco (1912-1994) escribió El rinoceronte, relato publicado en las Lettres Nouvelles de París en 1957 que se convertiría en punto de partida para la que tal vez sea su obra de teatro más conocida junto a La cantante calva, no sé, digo, si era ya consciente de que llegaría un día en que uno miraría a su alrededor y se preguntaría con toda seriedad si la transformación de las personas ha terminado y, en efecto, nos hemos convertido todos en rinocerontes. No lo sé, pero si sé que una de las cualidades de los grandes escritores es dar con la tecla sin darse cuenta, sin proponérselo siquiera, así que no hay más remedio que contar con esa posibilidad que en el mundo dividido y absoluto del siglo XX, sobre todo en su primera mitad, era todavía más clara que en la actualidad. No pienso ya en el ascenso del fascismo, del nazismo y del estalinismo en la Europa de los años 30, sino que me pregunto por lo que ha quedado de todo eso.
En los años 1937 y 1938, en Rumania, la gente, los conocidos de Ionesco, comienza de pronto a cambiar y llega un momento en que resulta imposible entenderse con los compañeros de trabajo, con los parientes, con los amigos, con la mujer, porque todo el mundo habla en otro idioma y nadie entiende a nadie. La mutación había comenzado por donde siempre comienzan las mutaciones, es decir, por el lenguaje. De repente ya no había manera de comprender y hacerse comprender. Aunque cada uno seguía conservando sus rasgos de siempre, sólo había un argumento dominándolo todo: Te aplastaré. En esta posibilidad, la de aplastar al otro, se condensaba y resumía la solución a todos los problemas. Pero además, y esto es lo más curioso, la conversión de la gente en rinocerontes que lo único que saben es aplastar al otro tiene lugar en un contexto disparatado que conserva su apariencia de absoluta normalidad.
El relato comienza con una situación inverosímil planteada con toda lógica: mientras están sentados en la terraza de un café, el protagonista y su amigo Jean ven que por la acera de enfrente pasa un rinoceronte. Entre los peatones hay cierta alarma, pero sus reacciones no llegan al extremo y dejan que el animal se pierda de vista. Una vez desaparecido, la gente lo comenta y luego vuelve a sus cosas. El mismo protagonista y Jean no le dan más importancia y siguen hablando de algo mucho más importante, nada más y nada menos que del tiempo. Poco a poco, sin embargo, no es un solo rinoceronte el que camina por la calle, sino que primero es uno, y luego otro, y luego otro más, hasta que “los rebaños de rinocerontes recorriendo las calles a toda velocidad se volvieron algo habitual de lo que ya nadie se asombraba. La gente se apartaba y continuaba luego su paseo, dedicándose a sus negocios habituales como si no ocurriera nada”. Rinocerontes, todo lleno de rinocerontes aplastando a los demás. Y así, como prueba de que la irracionalidad se presenta casi siempre con un aspecto de completa racionalidad, las conversaciones tratan no de la irrupción de esos animales en la vida ciudadana, cosa que se da por sobreentendida, sino sobre el número de cuernos que tienen y, en consecuencia, sobre si son rinocerontes africanos o asiáticos. En las cabezas de los primeros lucen dos, mientras que en las de los segundos sólo uno. Esto es lo que importa: averiguar el número de cuernos. Y, como todo es absurdo en el fondo aunque en la superficie nada ha cambiado, en los periódicos hay toda una sección dedicada no a la economía, ni a los deportes, ni a la información internacional, sino a los gatos aplastados. A los gatos, o sea, a los que se atreven a ponerse en el camino de los rinocerontes. Lo absurdo, lo delirante, lo brutal se han hecho norma y costumbre.
Decía antes que no sé qué ha quedado de todo eso, suponiendo que haya quedado algo. Ya no hay fascismo, no hay nazismo, no hay estalinismo. Sus manifestaciones, aunque salvajes, son insignificantes y esporádicas. Ahora bien, en el momento de su aparición todos esos movimientos causaron al menos sorpresa incluso entre quienes paulatinamente fueron cediendo a ellos, la aprobación de unos y el rechazo de otros. En cambio, me pregunto si no ocurrirá que hoy en día nos limitamos a no escuchar a los demás, a considerarlos bien estorbos para nuestros planes bien meros instrumentos de los que servirnos mientras nos resulten útiles, a aplastarlos cuando ya no nos sirven o se ponen muy pesados, sin más problemas ni quebraderos de cabeza, y no sé hasta qué punto toda esa animalidad del siglo XX nos afecta todavía mucho más profundamente de lo que nosotros mismos creemos, cómo podemos deshacernos de ella.