June 8, 2009 por Ubaldorodriguez
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Creo que en el catálogo de los libros mal comprendidos por los lectores, de los cuales alguna vez habría que escribir la historia, La rebelión de las masas ocupa un puesto de honor, y eso a pesar de la advertencia que el propio Ortega (1883, 1955) hace al comienzo: las ideas que en él se contienen no tienen nada que ver con la política sino que se sitúan en un nivel anterior a ella, en el subsuelo, nada más y nada menos que en los orígenes de la sociedad de masas que fue de los primeros en percibir, una transformación fundamental que conoció sus manifestaciones más violentas en la primera mitad del siglo XX y que en la actualidad nos ha dejado a todos adormecidos e impotentes ante fenómenos que por mucho que nos escandalicen, por mucho que sepamos que están mal, como son la sociedad de consumo y todos los males asociados a ella, están ahí y no nos dan más opción que vivir con ellos.
Con seguridad el título, abracadabrante y apocalíptico, abrió el camino para la terrible confusión que todavía hoy arrastra, pero una lectura tranquila del libro consigue que se nos bajen los humos y que comprendamos que Ortega no nos cuenta ninguna historia de ciencia-ficción. Se esté o no de acuerdo con él, y no es necesario estarlo, hay una virtud que mantiene siempre, desde el comienzo hasta el final de su trabajo, y es que se dirige al lector de tú a tú, tratándole en todo momento con un respeto absoluto, sin ningunearle nunca y sin pretender causar su asombro por medio de alguna verdad sacada de la chistera como en un espectáculo de magia. Y, si ésta es la actitud del filósofo, será una bella muestra de cortesía que nosotros, sus lectores, respondamos a él con la misma deferencia.
Decía al principio que La rebelión de las masas es probablemente una de las obras peor leídas de la historia, y ahora insisto. Hablando no de clases sociales sino de clases de personas; tratando no de política, sino del paso de la sociedad liberal y estrecha del siglo XIX a la de masas del siglo XX, el libro ha sido, en cambio, entendido con irritante frecuencia como una defensa de la sociedad aristocrática y elitista, identificando esa aristocracia con las clases sociales más altas y el hombre-masa con el proletariado, cosas que no tienen nada que ver las unas con las otras.
Ortega es español y las circunstancias españolas, determinadas por el sistema de la Restauración, tienen mucho que ver. Pero ¿quiénes eran los sujetos políticos de la Restauración, aquéllos contra los que Ortega escribe y actúa? Las Cortes con el rey, principalmente. En ellos al unísono recae la soberanía y son los actores protagonistas. Hay después algunos secundarios: partidos que durante un tiempo son extraparlamentarios como el PSOE (Pablo Iglesias no será diputado hasta 1910), regionalismos, la prensa, anarquistas... Pero el motor del sistema se compone de dos piezas vitales sin las que nada marcha: las Cortes con el rey. Esto quiere decir que lo que hoy entendemos por “la masa”, “el pueblo”, no ha entrado todavía en escena. Existe, pero como existen las estrellas o los árboles. El de la Restauración es un mundo muy pequeño. Pero entendámonos: el pueblo no ha entrado en la escena política, pero sí en la social, donde siempre ha estado. Hay millones de españoles a los que el sistema de la Restauración afecta aunque no tengan voz ni voto en él. En este sentido afirma Ortega que la serie de artículos que componen La rebelión de las masas no es política sino social, que lo que allí se dice es anterior a la política. La política, en efecto, no va con las masas, no es algo en lo que éstas tengan gran cosa que decir, teniendo en cuenta además que hasta 1931 no se aprueba la entera libertad de sufragio para todos. La rebelión de las masas a la que alude Ortega es el paso al primer plano de la vida social, en un sentido extenso, de amplísimos sectores que antes se limitaban a estar ahí. Y no sólo en España, sino en toda Europa. Un sistema quiebra y aparecen los extremos. Ortega se da cuenta de lo que está ocurriendo justo en el momento en el que está ocurriendo, así como en Francia, por ejemplo, Marcel Proust, que muere en 1922, detiene En busca del tiempo perdido tras el fin de la Guerra Europea y en el umbral del nuevo mundo del cine, el neón y el jazz, todo ello pensado para el gran público. Ortega lo describe de manera muy gráfica: de pronto los cafés están llenos de gente, los cines están llenos de gente, las calles y los tranvías están llenos de gente; de pronto, en fin, todo está lleno de gente. ¿Y antes? Es muy posible que antes también, pero antes toda esa gente no contaba y ahora sí porque el mundo se ha ensanchado. Tras la I Guerra Mundial, Europa se masifica. El cambio es cualitativo.
Ortega es consciente de ello en lo que afecta al plano social, pero, a mi juicio, no advierte o no acepta las consecuencias que el cambio tiene para la política, porque la conciencia política de Ortega es tan limitada como la Restauración en la que aquélla se genera. Es probable que siempre pensara con agrado en la revolución desde arriba que propugnaba Maura. El horror que siente hacia la masa, que, repito, es un fenómeno cualitativo, psicológico, crece a medida que la masa gana terreno: el falangismo, el fascismo, el nacionalsocialismo, el comunismo... Todas éstas son las ideologías que marcan el siglo XX desde los primeros años veinte, y todas ellas son ideologías de masas o para las masas, que además de pasar al primer plano de la vida social han copado el poder político, pidiéndolo todo para sí mismas. ¿Qué podía oponer Ortega a ellas? Lo más seguro es que si cada vez tenía menos interlocutores en potencia ello se debiera no sólo a los tejemanejes de los políticos y sus contubernios, que deben ser valorados en su justa medida, sino también a que el desfase entre el mundo pequeño en el que se había formado y el mundo masificado que había surgido era cada vez mayor y no supiera qué hacer ni a quién hablar. Ortega nunca se dirige a la multitud ni mucho menos a la humanidad, no es ésa su intención, sino que lo hace a cada uno de los miembros de la multitud, y de repente ésta reemplaza a aquéllos y pierde la orientación. En el mundo de su juventud, en el mundo en que se forma, los individuos, los personalismos, las camarillas que siguen a un líder o a otro tienen una importancia que luego pierden progresivamente, mientras hay más conciencia de todos los elementos que intervienen en la vida política y que no son solamente el cacique tal o el ministro cual.
Por eso, en mi opinión, Ortega nunca dejó de ser un hombre de la Restauración, al menos en este sentido, pero el núcleo de lo que hoy conocemos está ahí, en esas páginas que deberían ser lectura obligatoria en el colegio.