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2010 de Marzo

BerlĂ­n Alexanderplatz

March 10, 2010 por Ubaldorodriguez   Comentarios (0)


En mi particular viaje por la novela europea de finales del siglo XIX y principios del XX nunca me había topado con nadie parecido a Alfred Döblin (1878-1957), de quien sólo conocía Las dos amigas y el envenenamiento, y me pregunto, y no tengo respuesta, cómo he podido pasar cuarenta años en este mundo sin haber leído antes esa maravilla que es Berlín Alexanderplatz, de 1929, que fue un gran éxito y que, como tantas otras cosas que merecen la pena, ha caído en un olvido de donde lo más probable es que ya no salga nunca.

Alfred Döblin era psiquiatra, médico del seguro, y su profesión le obliga a ir de un sitio a otro de esa ciudad que era la fascinante metrópolis de los años veinte que sobre todo el cine nos ha legado. Pero Berlín no era sólo un mundo de diversión, champán y cabarets, sino también la sordidez del medio en que vive Franz Biberkopf, que se ha pasado cuatro años en la prisión de Tegel por el homicidio involuntario de su novia Ida y que sale dispuesto a convertirse en un hombre nuevo, en un hombre honrado. Con este fin busca trabajos decentes, y tan pronto vende botones como vocea periódicos en la calle, sin importarle mucho si para ello debe ponerse un brazalete nazi. Pero Biberkopf se ha equivocado en una cosa: si uno se ha pasado cuatro años en la cárcel porque bebía y en mitad de una pelea ha matado a su novia, prostituta, aunque fuese sin querer, lo último que debe hacer para transformarse en una persona honrada es volver al mismo ambiente del que salió, en el que pasó todo aquello. Y esto, precisamente esto, ay, es lo que hace. Por muy sanas que sean sus intenciones, no tarda mucho en comprender que no es sencillo salir adelante en la vida vendiendo periódicos en la calle, no tarda mucho en volver a las tabernas ni en entrar en contacto con esa misma gente del submundo, con ese mismo lumpen que ya conoce, y en especial con un tal Reinhold, que será la ruina de su vida. Y un día por una cosa y otro día por otra, pronto se involucra en los mismos golpes de rateros de tres al cuarto de los que, cuando salió de Tegel, hizo el firme propósito de no volver a saber nada.

Reinhold y Biberkopf llegan a un extraño acuerdo: como Reinhold tiene la manía de cambiar de mujer cada mes, en una inclinación exagerada por ellas que no le impedirá perder la cabeza por un tal Konrad cuando él mismo acabe en la cárcel, se las arregla para convencer a Biberkopf de que se haga cargo de las que él va abandonando. Por un tiempo, las cosas entre ellos funcionan bien. Reinhold parece el camarada que cualquiera espera encontrar en la vida. Un poco complicado, pero al fin y al cabo buena persona. Tiene sus manías, pero Biberkopf confía en él. Ahora bien, las cosas empiezan a torcerse, la verdad es que Reinhold no está en sus cabales, y una de las consecuencias de este giro de los acontecimientos entre ambos es que al final de un robo Reinhold empuja a Biberkopf del automóvil en que huyen y Biberkopf, atropellado por el que venía detrás, pierde el brazo derecho. Pero Biberkopf, ahora pacífico, lo comprende, lo comprende, no odia a Reinhold, no le dice a nadie lo que ha ocurrido. Y además sucede un milagro: una muchacha preciosa, Mieze, también prostituta, se enamora perdidamente de él, gordo y con un brazo de menos. Por primera vez en su vida, Biberkopf es feliz. La puta y el manco, extraña pareja. Pero Reinhold, el maldito Reinhold, no soporta tanta felicidad ajena y, una vez más, decidido a acabar con ella, mete allí las narices y termina por estrangular a Mieze.

Lo demás es sencillo de imaginar: alguien da un chivatazo y la policía encuentra el cadáver, arresto del sospechoso Biberkopk, que ya antes había asesinado a otra mujer, ingreso en un manicomio, absolución, juicio y condena a Reinhold, salida de Biberkopf convertido otra vez en un hombre nuevo (pero, me pregunto, ¿cometerá los mismos errores?). Ahora bien, más interesante que lo que cuenta es la forma en que Döblin lo cuenta (creo que el verdadero arte siempre es, sobre todo, forma). En medio de tanto expresionismo hay una vuelta al narrador omnisciente que narra una historia dejando claro que lo que va a hacer es justamente eso, narrar una historia desde todos los puntos de vista imaginables. Es la gran diferencia con el narrador del siglo XIX, que lo sabía todo y lo juzgaba todo desde sí mismo. En la vanguardia no hay nada de eso. La realidad tiene infinitas caras, de modo que el escritor debe multiplicarse, perderse en el relato de lo que cuenta, comprenderlo todo, sin entrar en juicios morales y dando de lado a toda clase de ñoñerías. Pero esto exige un trabajo previo de investigación, lo que viene a ser lo mismo que un trabajo previo de estudio, de meditación, de análisis de la realidad. Es decir, de modestia. Sin embargo, me parece que no hemos aprendido gran cosa.