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Austerlitz, el más desamparado de los hombres

March 26, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (2)

En los últimos años hay, al menos que yo sepa, pocos intentos por conseguir que la gran literatura europea ocupe el lugar que debe ocupar más logrados que el de W. G. Sebald (1944-2001), lejos de la estrechez de miras, de la pobreza intelectual y de la espantosa, predominante vulgaridad que por todos los medios, en especial audiovisuales, nos llegan sin parar del otro lado del océano, si es que existe alguno. Me refiero al lugar que nunca debió abandonar, del que nunca debió permitir que la expulsaran. En Europa, donde las cosas jamás se han reducido a un mero negocio entre partes, la gran literatura tiene siempre carácter fundacional en el sentido de que se dirige directamente a las raíces mismas de la realidad, sea para afirmarlas, rechazarlas, ridiculizarlas o transformarlas, lo que quiere decir, entre otras cosas, que nunca le ha bastado con narrar una historia cualquiera que ya vendrá luego la industria a apoyarla. Pienso que no. Por lo común, en Europa los grandes escritores tratan ni más ni menos que de encontrar la forma del mundo que han conocido, en lo cual no se diferencian demasiado de los filósofos. Nada que ver con el ejército de editores, críticos, traductores, profesores, periodistas y promotores de negocios en general que intentan darnos gato por liebre y hacen pasar a perfectos segundones por verdaderos genios del tipo de Shakespeare y Proust. Incluso cuando se lee a uno de los más celebrados en la actualidad, Raymond Carver, uno se encoge de hombros y piensa: Está bien, pero ¿es todo lo que puedes hacer? ¿No hay más? ¿Ya has llegado al límite de tus capacidades? Con esto quiero decir que, en mi opinión, ya es hora de que en Europa nos demos cuenta de que tenemos a nuestra disposición un magnífico repertorio de obras e ideas, porque, de hecho, de Europa ha salido la mayor parte de las obras e ideas que más merecen la pena, tanto en literatura como en filosofía. En el pensamiento genial, una anda con frecuencia muy cerca de la otra. Es posible, lo admito, que con ellas, y sobre todo con la filosofía, hayamos pretendido ir demasiado lejos, pero pienso que en el camino hemos logrado grandes cosas. Y esta realidad, que sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX parece estar de capa caída, se presenta de nuevo ante los lectores de verdad en la obra de Sebald, la melancolía absoluta con que la literatura inaugura una época llena de esperanza y promesas. Como un mago en una función de circo, Sebald se las compone para que la atención del lector esté pendiente de él y nada más que de él. Pero, a diferencia del número del mago, su finalidad no es el puro entretenimiento, sino que el tremendo poder de hipnotismo de Sebald es el hipnotismo de la historia y su desgracia.

Estoy de acuerdo con Harold Bloom: en el futuro será muy difícil hablar de grandes corrientes literarias y los lectores tendrán que acudir a los escritores considerados en sentido individual, aprendiendo a distinguir entre ellos. Ya no hay recetas, y el mundo es bastante más complicado que en el siglo XIX, el siglo de la novela. Ahora bien, esto no es necesariamente negativo. Es verdad que un lector de hoy halla más dificultades a la hora de elegir y que los libros flotan dispersos en un mar ingobernable, pero cuando lo hace y acierta, cuando ese milagro ocurre, la unión también es más sólida que antes, es decir, más personal. Al no haber corrientes de por medio, lo que hay es el encuentro de dos intimidades desnudas. Y esto es justamente lo que sucede con Jacques Austerlitz, que se planta ahí, delante de nosotros, y nos pide ayuda para vencer su desesperada soledad.      

Porque, en efecto, Austerlitz, el europeo errante, el eterno caminante siempre con la mochila a la espalda en busca de algo que no va a encontrar, es el más desamparado de los hombres. A lo largo del diálogo de treinta años, a veces casual y a veces interrumpido después de una de sus inexplicables desapariciones, que mantiene con el narrador, con el que se encuentra mientras saca fotografías de la estación de Amberes y que será como el espejo ante el cual desgrana su vida, nos enteramos de que a Austerlitz le han quitado lo más importante que una persona puede tener en su vida, una infancia en paz rodeada de gente que le ame, y esa carencia ya no hay manera de llenarla. A la edad en que sólo tendría que haber recibido el amor de sus padres se encontró viajando primero en el tren y después en el barco que le pondrían a salvo del avance de las tropas alemanas, en Gales, con otros muchos niños judíos de Praga, de manera que a los cuatro años sus principales y únicos puntos de referencia en el mundo desaparecen por completo. Desde ese momento, en un proceso tal vez no del todo involuntario con el que intenta sobrevivir adaptándose a las circunstancias, lo que nunca es gratuito y por lo general tiene efectos destructores sobre las personas, Austerlitz comienza a olvidarlo todo: a su padre, Maximilian, socialista desaparecido en los Pirineos; a su madre, Agáta, actriz deportada en primer lugar al gueto de Terezín con otras sesenta mil personas y luego a algún lugar a mil kilómetros al este, donde su pista se pierde para siempre; a Vera, su niñera, que al no ser judía salva la vida; olvida su idioma natal, el checo, las calles de Praga y los paisajes de Bohemia, y es llevado a vivir con un matrimonio viejo y triste en cuya casa no encuentra un ápice de felicidad. La historia, en fin, ha caído con todo su peso sobre él y lo único que puede hacer es dar brazadas a la desesperada para que no se lo lleve por el desagüe. Austerlitz, al que se ha despojado de todo, es por largos años el hombre sin pasado que por no tener no tiene ni un nombre de verdad, porque el suyo sólo lo aprende mucho tiempo después, en el internado al que se va a vivir cuando la mujer muere y el hombre enloquece sin remedio. Pero Jacques Austerlitz no es un nombre checo, al menos no uno muy usual, y además su padre se apellidaba Aychenwald, de modo que sobre él siempre planea la duda de quién es en realidad.

Claro que, sea en el nivel que sea, los recuerdos perviven para decirnos que lo que hemos vivido no desaparece del todo jamás, y así, durante años, Austerlitz, neurótico hasta el paroxismo, sufre atroces ataques de pánico, vértigo y malestar y un extrañamiento tan profundo que comprende que nunca podrá mantener relaciones duraderas de ningún tipo con nadie. Sus continuos viajes, con los que en realidad se aleja de sí mismo, no consiguen más que acentuar su progresiva pérdida de identidad, su desvanecimiento en la nada del tiempo. No conoce la causa de su tormento; lo que sí sabe es que no tendrá un solo instante de paz mientras viva. Y, ya que no de alcanzar ésta, por lo menos sí está en condiciones de investigar la primera el día en que por casualidad, en una librería de viejo cerca del Museo Británico, escucha en la radio a dos mujeres hablar del barco, el Prague, en que llegaron a Inglaterra en el verano de 1939. Ese nombre, Prague, desencadena una tormenta en su cabeza. Poco a poco se da cuenta de que la historia de esas dos mujeres es su propia historia, y la necesidad de viajar a esa ciudad se le vuelve imperiosa. Allí, en un archivo salido de una pesadilla de Kafka, su porvenir comienza a aclararse un poco: resulta que Vera todavía vive, y es ella la que en largas conversaciones le proporciona las claves de su propia existencia. Pero sólo las claves, lo que quiere decir que en adelante sabrá por qué es un extraño entre los hombres, siempre solo y siempre triste, y de ahí no pasará. Las palabras de Vera no constituyen un sortilegio a partir del cual la vida de Austerlitz mejora, sino tan sólo el conocimiento exacto del origen de su desolación.

Pero no olvidemos que Austerlitz es, ante todo, una novela; es decir, una obra de arte; es decir, forma. El desvelamiento de la vida de Austerlitz, que es también la de innumerables europeos en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, no es lineal, no ocurre de una sola vez, de golpe, sino en el transcurso de casi trescientas páginas sin capítulos ni puntos y aparte, en estilo indirecto, llenas de dibujos y fotografías, que uno, hechizado por una lenta prosa de soberbia elegancia, devora con el ánimo encogido por la certeza de que todo, lo grande y lo pequeño, lo fundamental y lo intrascendente, lo real y lo imaginado, lo personal y lo general, los vivos y los muertos, lo pasado y lo presente, está conectado entre sí por los misteriosos conductos del tiempo, mirando dentro del cual se siente mucho frío y mucho miedo. Como ha comprendido Austerlitz, que mire adonde mire sólo ve signos de muerte a su alrededor, la conciencia de que todo está relacionado con todo, de que nada deja de suceder de manera definitiva, de que al final la vida se reduce a un punto ciego sin duración, únicamente puede conducir a la más estricta desesperación.

 

 

Estimado Ubaldo.

Tu extenso post lo encuentro dividido en dos posturas: una que se dirige a hacer una presentación de la novela: Austerlitz, de W. G. Sebald; y la otra postura postula una actitud crítica hacia la literatura venida del otro lado del océano.

Y es sobre eso que versará mi comentario.

1. No entiendo porque se tiene que comparar la literatura de ambos continentes, ambas son enriquecedores por sí mismos.

2. No entiendo donde dejas a escritores y poetas como Neruda, Paz, Huidobro, Jorge Luis Borges, o escritores como Fuentes, Bolaño, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Onetti, Sábato, Lezama Lima; si tu comentario se refiere a lo que llega de Estados Unidos, dónde queda Herman Mellville, Nathaniel Hawthorne, Walt Withman, Emily Dickinson, Tennessee Williams, William Faulkner, Tom Wolfe, Norman Mailer, Allen Ginsberg, J. D. Salinger, Thomas Pynchon, Paul Auster, entre otros.

4. Harold Bloom nació en Nueva York.

5. Me gustaría seguir la discusión, seguramente hay algo que no pillo, quizá podríamos continuar dialogando, no lo crees?

Saludos desde Sevilla Ubaldo.

Ivan Vergara hace 527 dias

Estimado Iván, por descontado no es una descalificación en términos absolutos de toda la literatura procedente de toda América. Ya sé que Harold Bloom es de Nueva York, por ejemplo. Cada vez me gusta menos esa manera de tratar los problemas y no se me ocurriría hacerlo. El post se dirige únicamente hacia lo que en mi opinión es la literatura predominante en un solo país de un continente (que, por cierto, toma el todo por la parte y se apropia incluso del nombre), y en ese país, los Estados Unidos, que vomita diariamente películas y novelas de un nivel ínfimo, tienen sin embargo la más poderosa industria existente en el mundo. Basta poner la televisión para comprobarlo. Y uno de los resortes de esa industria es hacer pasar a gente como Carver, que no es nada del otro mundo, como si fuesen de primera fila. Es una invasión cultural de la que pienso que en Europa tenemos que defendernos. En Europa hemos hecho lo mejor y lo peor, pero creo que si uno mira el patrimonio elaborado desde el siglo VI a.C. no hay más remedio que convenir en que sería una lástima que se echara a perder. Y justamente eso, y por razones que sería muy largo contar aquí, creo que es lo que está ocurriendo. En literatura hemos olvidado la existencia del espacio y lo hemos reducido todo a tiempo, a lo que pasa dentro de la cabeza del escritor. Pero el espacio es fundamental, y no es lo mismo una historia en Manhattan que en una aldea de la Sierra de Aracena. Estamos olvidando lo próximo por obra de una industria estadounidense que se mete hasta el fondo y en Europa queremos ser lo que no somos. En fin, todo esto dicho de una manera muy general.

Si se me permite decirlo, estoy metido en un ensayo, que creo que titularé El continente neurótico, donde espero tratar esto más extensamente.

Por lo demás, soy de Sevilla y también vivo aquí.

Un saludo.  

Ubaldorodriguez hace 527 dias