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Juan Martínez, que sigue entre nosotros

July 13, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (2)

   Me parece urgente que pongamos remedio a la injusticia que se está cometiendo con el sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944), periodista y escritor hundido en la penumbra en que muchos grandes cabecean sin que vengan a zarandearle para que se ponga de pie y se mueva por el sitio que verdaderamente le corresponde, que es, por ejemplo, al lado de Mariano José de Larra y de Josep Pla.

    Desde muy joven, llevado por su padre, Chaves Nogales se mete en las redacciones de los periódicos de la época, hasta que un día abandona Sevilla, como tantos acaban por hacer, y se instala en Madrid, donde en la convulsa época en que le toca vivir se pone de parte de Manuel Azaña y del espíritu republicano que representaba. En 1937, habiéndose trasladado el gobierno a Valencia, Chaves Nogales se da cuenta de que no tiene nada que hacer allí y se exilia en Francia. Pero Francia cae en manos alemanas y la Gestapo le busca, de manera que vuelve a quitarse de en medio y se instala en Londres, donde muere.

       Podría hablaros de A sangre y fuego, cuyo prólogo es, sin duda, lo mejor que se ha escrito sobre la guerra civil durante la guerra civil, o de Juan Belmonte, matador de toros, libro que nos mete en una Sevilla, en una época y en la cabeza de un hombre que ya no volverán, pero acabo de leer El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934) y todavía me impresiona la brutalidad con que la historia cae sobre unos pobres tipos que, sin comerlo ni beberlo, comprenden que sus vidas han cambiado radicalmente y no pueden hacer otra cosa que bandearse entre las circunstancias para ir sobreviviendo y que la riada de desgracia no se los lleve también por delante, como se lo lleva todo.

   Juan Martínez y su mujer, Soledad, son bailarines flamencos y viven y trabajan en Constantinopla, donde las cosas les van muy bien entre cabarets, teatros, copas de champán, altos funcionarios y militares de alta graduación. Pero estalla la Gran Guerra y poco a poco las cosas dejan de ser como eran: de llevarse bien con los clientes sobre Juan Martínez cae ahora la terrible sospecha de ser un espía al servicio de Francia. Y ya se sabe qué se hace con los espías en tiempos de guerra. Buscando tranquilidad y un sitio en que ganarse la vida Juan Martínez y Soledad se van a Rusia, país enorme donde la guerra es todavía algo muy lejano, y, en efecto, por un tiempo viven y trabajan sin problemas hasta que la guerra, en primer lugar, la revolución bolchevique, luego, y la guerra civil rusa entre rojos y blancos, por último, se encargan de llevar la desgracia, la muerte y el hambre sobre millones de personas. Y ellos dos no son una excepción. Durante los seis años que pasan en Kiev sin poder salir del país les ocurre toda clase de fatalidades y están muchas veces a punto de unirse al bien nutrido grupo de los que han dejado este mundo de manera violenta, pero Juan Martínez es todo un buscavidas, todo un superviviente con el que no es sencillo acabar, y si para salir adelante tiene que trapichear con joyas, robar grano de los vagones o hacerse amigo de los funcionarios de la Checa, donde se fusilaba a los enemigos de la revolución como el que se da un paseo por el parque, pues lo hace y en paz. Allí, en la Checa de Kiev, entra en contacto con gente terrible: con el japonés Masakita, por ejemplo, que se pasaba el día perdiendo al póquer y cuando se quedaba sin dinero les pegaba un tiro en la nuca a dos o tres presos y seguía jugando como si nada con el dinero que le daban por ello, o con el camarada Jacobleva, que ordenó fusilar a su propio padre por contrarrevolucionario. Estremecedor, el relato del descubrimiento de cadáveres y miembros amputados en los sótanos de la Checa. Sin embargo, es la propia Checa la que le ofrece la oportunidad de escapar, porque en un descuido de los guardias coge unos cuantos pasaportes extranjeros que, convenientemente manipulados, consiguen de la noche a la mañana que Soledad y él sean ciudadanos italianos y puedan escapar en un mercante hacia Turquía.

   Pero, por más bestialidades que cuente Juan Martínez, propias de la cabeza de un lunático en una noche de pesadilla, el auténtico infortunio de su vida, la de él y la de Soledad, está en la pérdida de su hija, de la que él no nos cuenta nada y que Chaves Nogales, astuto, reserva para el final; su hija, a la que, en unos acontecimientos que parecen sacados de un folletín, dejaron en Italia al cuidado de un ama de cría con el fin de que viviera en una estabilidad que ellos no podían darle. Pero la mujer muere y la niña es llevada a un orfelinato donde la adopta una familia rica, y cuando regresan de Rusia, a pesar de todas sus gestiones y de todos sus intentos por recuperarla, Juan Martínez y Soledad pierden su pista para siempre, así que no les queda más remedio que irse sin ella a París a trabajar y envejecer. A París, donde Chaves Nogales, que hacía un reportaje sobre los expatriados de la revolución rusa, les conoce y donde el bailarín de Burgos le cuenta su vida sentado en un café de la Plaza del Tertre.     

No sabía nada de esta historia, Ubaldo. Muchas gracias por compartirla.

¿Puedes recomendar obras del autor?

Andrés Nadal hace 416 dias

Yo he leído esas tres: A sangre y fuego, Juan Belmonte, matador de toros y El maestro Juan Martínez que estaba allí. Todas son muy buenas. Tiene también varios libros de reportajes periodísticos, estoy leyendo ahora su parte de Cuatro historias de la guerra civil aunque no la he terminado todavía. No sé qué me asombra más de él, si su estilo, el que (incomprensiblemente) no sea muy conocido o el hecho de que no parezca de Sevilla. Un saludo.

Ubaldorodriguez hace 415 dias