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Blog de Ubaldorodriguez

Berlín Alexanderplatz

March 10, 2010 por Ubaldorodriguez   Comentarios (0)


En mi particular viaje por la novela europea de finales del siglo XIX y principios del XX nunca me había topado con nadie parecido a Alfred Döblin (1878-1957), de quien sólo conocía Las dos amigas y el envenenamiento, y me pregunto, y no tengo respuesta, cómo he podido pasar cuarenta años en este mundo sin haber leído antes esa maravilla que es Berlín Alexanderplatz, de 1929, que fue un gran éxito y que, como tantas otras cosas que merecen la pena, ha caído en un olvido de donde lo más probable es que ya no salga nunca.

Alfred Döblin era psiquiatra, médico del seguro, y su profesión le obliga a ir de un sitio a otro de esa ciudad que era la fascinante metrópolis de los años veinte que sobre todo el cine nos ha legado. Pero Berlín no era sólo un mundo de diversión, champán y cabarets, sino también la sordidez del medio en que vive Franz Biberkopf, que se ha pasado cuatro años en la prisión de Tegel por el homicidio involuntario de su novia Ida y que sale dispuesto a convertirse en un hombre nuevo, en un hombre honrado. Con este fin busca trabajos decentes, y tan pronto vende botones como vocea periódicos en la calle, sin importarle mucho si para ello debe ponerse un brazalete nazi. Pero Biberkopf se ha equivocado en una cosa: si uno se ha pasado cuatro años en la cárcel porque bebía y en mitad de una pelea ha matado a su novia, prostituta, aunque fuese sin querer, lo último que debe hacer para transformarse en una persona honrada es volver al mismo ambiente del que salió, en el que pasó todo aquello. Y esto, precisamente esto, ay, es lo que hace. Por muy sanas que sean sus intenciones, no tarda mucho en comprender que no es sencillo salir adelante en la vida vendiendo periódicos en la calle, no tarda mucho en volver a las tabernas ni en entrar en contacto con esa misma gente del submundo, con ese mismo lumpen que ya conoce, y en especial con un tal Reinhold, que será la ruina de su vida. Y un día por una cosa y otro día por otra, pronto se involucra en los mismos golpes de rateros de tres al cuarto de los que, cuando salió de Tegel, hizo el firme propósito de no volver a saber nada.

Reinhold y Biberkopf llegan a un extraño acuerdo: como Reinhold tiene la manía de cambiar de mujer cada mes, en una inclinación exagerada por ellas que no le impedirá perder la cabeza por un tal Konrad cuando él mismo acabe en la cárcel, se las arregla para convencer a Biberkopf de que se haga cargo de las que él va abandonando. Por un tiempo, las cosas entre ellos funcionan bien. Reinhold parece el camarada que cualquiera espera encontrar en la vida. Un poco complicado, pero al fin y al cabo buena persona. Tiene sus manías, pero Biberkopf confía en él. Ahora bien, las cosas empiezan a torcerse, la verdad es que Reinhold no está en sus cabales, y una de las consecuencias de este giro de los acontecimientos entre ambos es que al final de un robo Reinhold empuja a Biberkopf del automóvil en que huyen y Biberkopf, atropellado por el que venía detrás, pierde el brazo derecho. Pero Biberkopf, ahora pacífico, lo comprende, lo comprende, no odia a Reinhold, no le dice a nadie lo que ha ocurrido. Y además sucede un milagro: una muchacha preciosa, Mieze, también prostituta, se enamora perdidamente de él, gordo y con un brazo de menos. Por primera vez en su vida, Biberkopf es feliz. La puta y el manco, extraña pareja. Pero Reinhold, el maldito Reinhold, no soporta tanta felicidad ajena y, una vez más, decidido a acabar con ella, mete allí las narices y termina por estrangular a Mieze.

Lo demás es sencillo de imaginar: alguien da un chivatazo y la policía encuentra el cadáver, arresto del sospechoso Biberkopk, que ya antes había asesinado a otra mujer, ingreso en un manicomio, absolución, juicio y condena a Reinhold, salida de Biberkopf convertido otra vez en un hombre nuevo (pero, me pregunto, ¿cometerá los mismos errores?). Ahora bien, más interesante que lo que cuenta es la forma en que Döblin lo cuenta (creo que el verdadero arte siempre es, sobre todo, forma). En medio de tanto expresionismo hay una vuelta al narrador omnisciente que narra una historia dejando claro que lo que va a hacer es justamente eso, narrar una historia desde todos los puntos de vista imaginables. Es la gran diferencia con el narrador del siglo XIX, que lo sabía todo y lo juzgaba todo desde sí mismo. En la vanguardia no hay nada de eso. La realidad tiene infinitas caras, de modo que el escritor debe multiplicarse, perderse en el relato de lo que cuenta, comprenderlo todo, sin entrar en juicios morales y dando de lado a toda clase de ñoñerías. Pero esto exige un trabajo previo de investigación, lo que viene a ser lo mismo que un trabajo previo de estudio, de meditación, de análisis de la realidad. Es decir, de modestia. Sin embargo, me parece que no hemos aprendido gran cosa.

Juan Martínez, que sigue entre nosotros

July 13, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (2)

   Me parece urgente que pongamos remedio a la injusticia que se está cometiendo con el sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944), periodista y escritor hundido en la penumbra en que muchos grandes cabecean sin que vengan a zarandearle para que se ponga de pie y se mueva por el sitio que verdaderamente le corresponde, que es, por ejemplo, al lado de Mariano José de Larra y de Josep Pla.

    Desde muy joven, llevado por su padre, Chaves Nogales se mete en las redacciones de los periódicos de la época, hasta que un día abandona Sevilla, como tantos acaban por hacer, y se instala en Madrid, donde en la convulsa época en que le toca vivir se pone de parte de Manuel Azaña y del espíritu republicano que representaba. En 1937, habiéndose trasladado el gobierno a Valencia, Chaves Nogales se da cuenta de que no tiene nada que hacer allí y se exilia en Francia. Pero Francia cae en manos alemanas y la Gestapo le busca, de manera que vuelve a quitarse de en medio y se instala en Londres, donde muere.

       Podría hablaros de A sangre y fuego, cuyo prólogo es, sin duda, lo mejor que se ha escrito sobre la guerra civil durante la guerra civil, o de Juan Belmonte, matador de toros, libro que nos mete en una Sevilla, en una época y en la cabeza de un hombre que ya no volverán, pero acabo de leer El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934) y todavía me impresiona la brutalidad con que la historia cae sobre unos pobres tipos que, sin comerlo ni beberlo, comprenden que sus vidas han cambiado radicalmente y no pueden hacer otra cosa que bandearse entre las circunstancias para ir sobreviviendo y que la riada de desgracia no se los lleve también por delante, como se lo lleva todo.

   Juan Martínez y su mujer, Soledad, son bailarines flamencos y viven y trabajan en Constantinopla, donde las cosas les van muy bien entre cabarets, teatros, copas de champán, altos funcionarios y militares de alta graduación. Pero estalla la Gran Guerra y poco a poco las cosas dejan de ser como eran: de llevarse bien con los clientes sobre Juan Martínez cae ahora la terrible sospecha de ser un espía al servicio de Francia. Y ya se sabe qué se hace con los espías en tiempos de guerra. Buscando tranquilidad y un sitio en que ganarse la vida Juan Martínez y Soledad se van a Rusia, país enorme donde la guerra es todavía algo muy lejano, y, en efecto, por un tiempo viven y trabajan sin problemas hasta que la guerra, en primer lugar, la revolución bolchevique, luego, y la guerra civil rusa entre rojos y blancos, por último, se encargan de llevar la desgracia, la muerte y el hambre sobre millones de personas. Y ellos dos no son una excepción. Durante los seis años que pasan en Kiev sin poder salir del país les ocurre toda clase de fatalidades y están muchas veces a punto de unirse al bien nutrido grupo de los que han dejado este mundo de manera violenta, pero Juan Martínez es todo un buscavidas, todo un superviviente con el que no es sencillo acabar, y si para salir adelante tiene que trapichear con joyas, robar grano de los vagones o hacerse amigo de los funcionarios de la Checa, donde se fusilaba a los enemigos de la revolución como el que se da un paseo por el parque, pues lo hace y en paz. Allí, en la Checa de Kiev, entra en contacto con gente terrible: con el japonés Masakita, por ejemplo, que se pasaba el día perdiendo al póquer y cuando se quedaba sin dinero les pegaba un tiro en la nuca a dos o tres presos y seguía jugando como si nada con el dinero que le daban por ello, o con el camarada Jacobleva, que ordenó fusilar a su propio padre por contrarrevolucionario. Estremecedor, el relato del descubrimiento de cadáveres y miembros amputados en los sótanos de la Checa. Sin embargo, es la propia Checa la que le ofrece la oportunidad de escapar, porque en un descuido de los guardias coge unos cuantos pasaportes extranjeros que, convenientemente manipulados, consiguen de la noche a la mañana que Soledad y él sean ciudadanos italianos y puedan escapar en un mercante hacia Turquía.

   Pero, por más bestialidades que cuente Juan Martínez, propias de la cabeza de un lunático en una noche de pesadilla, el auténtico infortunio de su vida, la de él y la de Soledad, está en la pérdida de su hija, de la que él no nos cuenta nada y que Chaves Nogales, astuto, reserva para el final; su hija, a la que, en unos acontecimientos que parecen sacados de un folletín, dejaron en Italia al cuidado de un ama de cría con el fin de que viviera en una estabilidad que ellos no podían darle. Pero la mujer muere y la niña es llevada a un orfelinato donde la adopta una familia rica, y cuando regresan de Rusia, a pesar de todas sus gestiones y de todos sus intentos por recuperarla, Juan Martínez y Soledad pierden su pista para siempre, así que no les queda más remedio que irse sin ella a París a trabajar y envejecer. A París, donde Chaves Nogales, que hacía un reportaje sobre los expatriados de la revolución rusa, les conoce y donde el bailarín de Burgos le cuenta su vida sentado en un café de la Plaza del Tertre.     

Ortega y su rebelión.

June 8, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (0)

Creo que en el catálogo de los libros mal comprendidos por los lectores, de los cuales alguna vez habría que escribir la historia, La rebelión de las masas ocupa un puesto de honor, y eso a pesar de la advertencia que el propio Ortega (1883, 1955) hace al comienzo: las ideas que en él se contienen no tienen nada que ver con la política sino que se sitúan en un nivel anterior a ella, en el subsuelo, nada más y nada menos que en los orígenes de la sociedad de masas que fue de los primeros en percibir, una transformación fundamental que conoció sus manifestaciones más violentas en la primera mitad del siglo XX y que en la actualidad nos ha dejado a todos adormecidos e impotentes ante fenómenos que por mucho que nos escandalicen, por mucho que sepamos que están mal, como son la sociedad de consumo y todos los males asociados a ella, están ahí y no nos dan más opción que vivir con ellos.

Con seguridad el título, abracadabrante y apocalíptico, abrió el camino para la terrible confusión que todavía hoy arrastra, pero una lectura tranquila del libro consigue que se nos bajen los humos y que comprendamos que Ortega no nos cuenta ninguna historia de ciencia-ficción. Se esté o no de acuerdo con él, y no es necesario estarlo, hay una virtud que mantiene siempre, desde el comienzo hasta el final de su trabajo, y es que se dirige al lector de tú a tú, tratándole en todo momento con un respeto absoluto, sin ningunearle nunca y sin pretender causar su asombro por medio de alguna verdad sacada de la chistera como en un espectáculo de magia. Y, si ésta es la actitud del filósofo, será una bella muestra de cortesía que nosotros, sus lectores, respondamos a él con la misma deferencia.

Decía al principio que La rebelión de las masas es probablemente una de las obras peor leídas de la historia, y ahora insisto. Hablando no de clases sociales sino de clases de personas; tratando no de política, sino del paso de la sociedad liberal y estrecha del siglo XIX a la de masas del siglo XX, el libro ha sido, en cambio, entendido con irritante frecuencia como una defensa de la sociedad aristocrática y elitista, identificando esa aristocracia con las clases sociales más altas y el hombre-masa con el proletariado, cosas que no tienen nada que ver las unas con las otras.    

Ortega es español y las circunstancias españolas, determinadas por el sistema de la Restauración, tienen mucho que ver. Pero ¿quiénes eran los sujetos políticos de la Restauración, aquéllos contra los que Ortega escribe y actúa? Las Cortes con el rey, principalmente. En ellos al unísono recae la soberanía y son los actores protagonistas. Hay después algunos secundarios: partidos que durante un tiempo son extraparlamentarios como el PSOE (Pablo Iglesias no será diputado hasta 1910), regionalismos, la prensa, anarquistas... Pero el motor del sistema se compone de dos piezas vitales sin las que nada marcha: las Cortes con el rey. Esto quiere decir que lo que hoy entendemos por “la masa”, “el pueblo”, no ha entrado todavía en escena. Existe, pero como existen las estrellas o los árboles. El de la Restauración es un mundo muy pequeño. Pero entendámonos: el pueblo no ha entrado en la escena política, pero sí en la social, donde siempre ha estado. Hay millones de españoles a los que el sistema de la Restauración afecta aunque no tengan voz ni voto en él. En este sentido afirma Ortega que la serie de artículos que componen La rebelión de las masas no es política sino social, que lo que allí se dice es anterior a la política. La política, en efecto, no va con las masas, no es algo en lo que éstas tengan gran cosa que decir, teniendo en cuenta además que hasta 1931 no se aprueba la entera libertad de sufragio para todos. La rebelión de las masas a la que alude Ortega es el paso al primer plano de la vida social, en un sentido extenso, de amplísimos sectores que antes se limitaban a estar ahí. Y no sólo en España, sino en toda Europa. Un sistema quiebra y aparecen los extremos. Ortega se da cuenta de lo que está ocurriendo justo en el momento en el que está ocurriendo, así como en Francia, por ejemplo, Marcel Proust, que muere en 1922, detiene En busca del tiempo perdido tras el fin de la Guerra Europea y en el umbral del nuevo mundo del cine, el neón y el jazz, todo ello pensado para el gran público. Ortega lo describe de manera muy gráfica: de pronto los cafés están llenos de gente, los cines están llenos de gente, las calles y los tranvías están llenos de gente; de pronto, en fin, todo está lleno de gente. ¿Y antes? Es muy posible que antes también, pero antes toda esa gente no contaba y ahora sí porque el mundo se ha ensanchado. Tras la I Guerra Mundial, Europa se masifica. El cambio es cualitativo.

Ortega es consciente de ello en lo que afecta al plano social, pero, a mi juicio, no advierte o no acepta las consecuencias que el cambio tiene para la política, porque la conciencia política de Ortega es tan limitada como la Restauración en la que aquélla se genera. Es probable que siempre pensara con agrado en la revolución desde arriba que propugnaba Maura. El horror que siente hacia la masa, que, repito, es un fenómeno cualitativo, psicológico, crece a medida que la masa gana terreno: el falangismo, el fascismo, el nacionalsocialismo, el comunismo... Todas éstas son las ideologías que marcan el siglo XX desde los primeros años veinte, y todas ellas son ideologías de masas o para las masas, que además de pasar al primer plano de la vida social han copado el poder político, pidiéndolo todo para sí mismas. ¿Qué podía oponer Ortega a ellas? Lo más seguro es que si cada vez tenía menos interlocutores en potencia ello se debiera no sólo a los tejemanejes de los políticos y sus contubernios, que deben ser valorados en su justa medida, sino también a que el desfase entre el mundo pequeño en el que se había formado y el mundo masificado que había surgido era cada vez mayor y no supiera qué hacer ni a quién hablar. Ortega nunca se dirige a la multitud ni mucho menos a la humanidad, no es ésa su intención, sino que lo hace a cada uno de los miembros de la multitud, y de repente ésta reemplaza a aquéllos y pierde la orientación. En el mundo de su juventud, en el mundo en que se forma, los individuos, los personalismos, las camarillas que siguen a un líder o a otro tienen una importancia que luego pierden progresivamente, mientras hay más conciencia de todos los elementos que intervienen en la vida política y que no son solamente el cacique tal o el ministro cual.

Por eso, en mi opinión, Ortega nunca dejó de ser un hombre de la Restauración, al menos en este sentido, pero el núcleo de lo que hoy conocemos está ahí, en esas páginas que deberían ser lectura obligatoria en el colegio. 

   

La rinocerontidad como norma

April 17, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (3)

            No sé si cuando Eugène Ionesco (1912-1994) escribió El rinoceronte, relato publicado en las Lettres Nouvelles de París en 1957 que se convertiría en punto de partida para la que tal vez sea su obra de teatro más conocida junto a La cantante calva, no sé, digo, si era ya consciente de que llegaría un día en que uno miraría a su alrededor y se preguntaría con toda seriedad si la transformación de las personas ha terminado y, en efecto, nos hemos convertido todos en rinocerontes. No lo sé, pero si sé que una de las cualidades de los grandes escritores es dar con la tecla sin darse cuenta, sin proponérselo siquiera, así que no hay más remedio que contar con esa posibilidad que en el mundo dividido y absoluto del siglo XX, sobre todo en su primera mitad, era todavía más clara que en la actualidad. No pienso ya en el ascenso del fascismo, del nazismo y del estalinismo en la Europa de los años 30, sino que me pregunto por lo que ha quedado de todo eso.

            En los años 1937 y 1938, en Rumania, la gente, los conocidos de Ionesco, comienza de pronto a cambiar y llega un momento en que resulta imposible entenderse con los compañeros de trabajo, con los parientes, con los amigos, con la mujer, porque todo el mundo habla en otro idioma y nadie entiende a nadie. La mutación había comenzado por donde siempre comienzan las mutaciones, es decir, por el lenguaje. De repente ya no había manera de comprender y hacerse comprender. Aunque cada uno seguía conservando sus rasgos de siempre, sólo había un argumento dominándolo todo: Te aplastaré. En esta posibilidad, la de aplastar al otro, se condensaba y resumía la solución a todos los problemas. Pero además, y esto es lo más curioso, la conversión de la gente en rinocerontes que lo único que saben es aplastar al otro tiene lugar en un contexto disparatado que conserva su apariencia de absoluta normalidad.

            El relato comienza con una situación inverosímil planteada con toda lógica: mientras están sentados en la terraza de un café, el protagonista y su amigo Jean ven que por la acera de enfrente pasa un rinoceronte. Entre los peatones hay cierta alarma, pero sus reacciones no llegan al extremo y dejan que el animal se pierda de vista. Una vez desaparecido, la gente lo comenta y luego vuelve a sus cosas. El mismo protagonista y Jean no le dan más importancia y siguen hablando de algo mucho más importante, nada más y nada menos que del tiempo. Poco a poco, sin embargo, no es un solo rinoceronte el que camina por la calle, sino que primero es uno, y luego otro, y luego otro más, hasta que “los rebaños de rinocerontes recorriendo las calles a toda velocidad se volvieron algo habitual de lo que ya nadie se asombraba. La gente se apartaba y continuaba luego su paseo, dedicándose a sus negocios habituales como si no ocurriera nada”. Rinocerontes, todo lleno de rinocerontes aplastando a los demás. Y así, como prueba de que la irracionalidad se presenta casi siempre con un aspecto de completa racionalidad, las conversaciones tratan no de la irrupción de esos animales en la vida ciudadana, cosa que se da por sobreentendida, sino sobre el número de cuernos que tienen y, en consecuencia, sobre si son rinocerontes africanos o asiáticos. En las cabezas de los primeros lucen dos, mientras que en las de los segundos sólo uno. Esto es lo que importa: averiguar el número de cuernos. Y, como todo es absurdo en el fondo aunque en la superficie nada ha cambiado, en los periódicos hay toda una sección dedicada no a la economía, ni a los deportes, ni a la información internacional, sino a los gatos aplastados. A los gatos, o sea, a los que se atreven a ponerse en el camino de los rinocerontes. Lo absurdo, lo delirante, lo brutal se han hecho norma y costumbre.

            Decía antes que no sé qué ha quedado de todo eso, suponiendo que haya quedado algo. Ya no hay fascismo, no hay nazismo, no hay estalinismo. Sus manifestaciones, aunque salvajes, son insignificantes y esporádicas. Ahora bien, en el momento de su aparición todos esos movimientos causaron al menos sorpresa incluso entre quienes paulatinamente fueron cediendo a ellos, la aprobación de unos y el rechazo de otros. En cambio, me pregunto si no ocurrirá que hoy en día nos limitamos a no escuchar a los demás, a considerarlos bien estorbos para nuestros planes bien meros instrumentos de los que servirnos mientras nos resulten útiles, a aplastarlos cuando ya no nos sirven o se ponen muy pesados, sin más problemas ni quebraderos de cabeza, y no sé hasta qué punto toda esa animalidad del siglo XX nos afecta todavía mucho más profundamente de lo que nosotros mismos creemos, cómo podemos deshacernos de ella.

 

Austerlitz, el más desamparado de los hombres

March 26, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (2)

En los últimos años hay, al menos que yo sepa, pocos intentos por conseguir que la gran literatura europea ocupe el lugar que debe ocupar más logrados que el de W. G. Sebald (1944-2001), lejos de la estrechez de miras, de la pobreza intelectual y de la espantosa, predominante vulgaridad que por todos los medios, en especial audiovisuales, nos llegan sin parar del otro lado del océano, si es que existe alguno. Me refiero al lugar que nunca debió abandonar, del que nunca debió permitir que la expulsaran. En Europa, donde las cosas jamás se han reducido a un mero negocio entre partes, la gran literatura tiene siempre carácter fundacional en el sentido de que se dirige directamente a las raíces mismas de la realidad, sea para afirmarlas, rechazarlas, ridiculizarlas o transformarlas, lo que quiere decir, entre otras cosas, que nunca le ha bastado con narrar una historia cualquiera que ya vendrá luego la industria a apoyarla. Pienso que no. Por lo común, en Europa los grandes escritores tratan ni más ni menos que de encontrar la forma del mundo que han conocido, en lo cual no se diferencian demasiado de los filósofos. Nada que ver con el ejército de editores, críticos, traductores, profesores, periodistas y promotores de negocios en general que intentan darnos gato por liebre y hacen pasar a perfectos segundones por verdaderos genios del tipo de Shakespeare y Proust. Incluso cuando se lee a uno de los más celebrados en la actualidad, Raymond Carver, uno se encoge de hombros y piensa: Está bien, pero ¿es todo lo que puedes hacer? ¿No hay más? ¿Ya has llegado al límite de tus capacidades? Con esto quiero decir que, en mi opinión, ya es hora de que en Europa nos demos cuenta de que tenemos a nuestra disposición un magnífico repertorio de obras e ideas, porque, de hecho, de Europa ha salido la mayor parte de las obras e ideas que más merecen la pena, tanto en literatura como en filosofía. En el pensamiento genial, una anda con frecuencia muy cerca de la otra. Es posible, lo admito, que con ellas, y sobre todo con la filosofía, hayamos pretendido ir demasiado lejos, pero pienso que en el camino hemos logrado grandes cosas. Y esta realidad, que sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX parece estar de capa caída, se presenta de nuevo ante los lectores de verdad en la obra de Sebald, la melancolía absoluta con que la literatura inaugura una época llena de esperanza y promesas. Como un mago en una función de circo, Sebald se las compone para que la atención del lector esté pendiente de él y nada más que de él. Pero, a diferencia del número del mago, su finalidad no es el puro entretenimiento, sino que el tremendo poder de hipnotismo de Sebald es el hipnotismo de la historia y su desgracia.

Estoy de acuerdo con Harold Bloom: en el futuro será muy difícil hablar de grandes corrientes literarias y los lectores tendrán que acudir a los escritores considerados en sentido individual, aprendiendo a distinguir entre ellos. Ya no hay recetas, y el mundo es bastante más complicado que en el siglo XIX, el siglo de la novela. Ahora bien, esto no es necesariamente negativo. Es verdad que un lector de hoy halla más dificultades a la hora de elegir y que los libros flotan dispersos en un mar ingobernable, pero cuando lo hace y acierta, cuando ese milagro ocurre, la unión también es más sólida que antes, es decir, más personal. Al no haber corrientes de por medio, lo que hay es el encuentro de dos intimidades desnudas. Y esto es justamente lo que sucede con Jacques Austerlitz, que se planta ahí, delante de nosotros, y nos pide ayuda para vencer su desesperada soledad.      

Porque, en efecto, Austerlitz, el europeo errante, el eterno caminante siempre con la mochila a la espalda en busca de algo que no va a encontrar, es el más desamparado de los hombres. A lo largo del diálogo de treinta años, a veces casual y a veces interrumpido después de una de sus inexplicables desapariciones, que mantiene con el narrador, con el que se encuentra mientras saca fotografías de la estación de Amberes y que será como el espejo ante el cual desgrana su vida, nos enteramos de que a Austerlitz le han quitado lo más importante que una persona puede tener en su vida, una infancia en paz rodeada de gente que le ame, y esa carencia ya no hay manera de llenarla. A la edad en que sólo tendría que haber recibido el amor de sus padres se encontró viajando primero en el tren y después en el barco que le pondrían a salvo del avance de las tropas alemanas, en Gales, con otros muchos niños judíos de Praga, de manera que a los cuatro años sus principales y únicos puntos de referencia en el mundo desaparecen por completo. Desde ese momento, en un proceso tal vez no del todo involuntario con el que intenta sobrevivir adaptándose a las circunstancias, lo que nunca es gratuito y por lo general tiene efectos destructores sobre las personas, Austerlitz comienza a olvidarlo todo: a su padre, Maximilian, socialista desaparecido en los Pirineos; a su madre, Agáta, actriz deportada en primer lugar al gueto de Terezín con otras sesenta mil personas y luego a algún lugar a mil kilómetros al este, donde su pista se pierde para siempre; a Vera, su niñera, que al no ser judía salva la vida; olvida su idioma natal, el checo, las calles de Praga y los paisajes de Bohemia, y es llevado a vivir con un matrimonio viejo y triste en cuya casa no encuentra un ápice de felicidad. La historia, en fin, ha caído con todo su peso sobre él y lo único que puede hacer es dar brazadas a la desesperada para que no se lo lleve por el desagüe. Austerlitz, al que se ha despojado de todo, es por largos años el hombre sin pasado que por no tener no tiene ni un nombre de verdad, porque el suyo sólo lo aprende mucho tiempo después, en el internado al que se va a vivir cuando la mujer muere y el hombre enloquece sin remedio. Pero Jacques Austerlitz no es un nombre checo, al menos no uno muy usual, y además su padre se apellidaba Aychenwald, de modo que sobre él siempre planea la duda de quién es en realidad.

Claro que, sea en el nivel que sea, los recuerdos perviven para decirnos que lo que hemos vivido no desaparece del todo jamás, y así, durante años, Austerlitz, neurótico hasta el paroxismo, sufre atroces ataques de pánico, vértigo y malestar y un extrañamiento tan profundo que comprende que nunca podrá mantener relaciones duraderas de ningún tipo con nadie. Sus continuos viajes, con los que en realidad se aleja de sí mismo, no consiguen más que acentuar su progresiva pérdida de identidad, su desvanecimiento en la nada del tiempo. No conoce la causa de su tormento; lo que sí sabe es que no tendrá un solo instante de paz mientras viva. Y, ya que no de alcanzar ésta, por lo menos sí está en condiciones de investigar la primera el día en que por casualidad, en una librería de viejo cerca del Museo Británico, escucha en la radio a dos mujeres hablar del barco, el Prague, en que llegaron a Inglaterra en el verano de 1939. Ese nombre, Prague, desencadena una tormenta en su cabeza. Poco a poco se da cuenta de que la historia de esas dos mujeres es su propia historia, y la necesidad de viajar a esa ciudad se le vuelve imperiosa. Allí, en un archivo salido de una pesadilla de Kafka, su porvenir comienza a aclararse un poco: resulta que Vera todavía vive, y es ella la que en largas conversaciones le proporciona las claves de su propia existencia. Pero sólo las claves, lo que quiere decir que en adelante sabrá por qué es un extraño entre los hombres, siempre solo y siempre triste, y de ahí no pasará. Las palabras de Vera no constituyen un sortilegio a partir del cual la vida de Austerlitz mejora, sino tan sólo el conocimiento exacto del origen de su desolación.

Pero no olvidemos que Austerlitz es, ante todo, una novela; es decir, una obra de arte; es decir, forma. El desvelamiento de la vida de Austerlitz, que es también la de innumerables europeos en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, no es lineal, no ocurre de una sola vez, de golpe, sino en el transcurso de casi trescientas páginas sin capítulos ni puntos y aparte, en estilo indirecto, llenas de dibujos y fotografías, que uno, hechizado por una lenta prosa de soberbia elegancia, devora con el ánimo encogido por la certeza de que todo, lo grande y lo pequeño, lo fundamental y lo intrascendente, lo real y lo imaginado, lo personal y lo general, los vivos y los muertos, lo pasado y lo presente, está conectado entre sí por los misteriosos conductos del tiempo, mirando dentro del cual se siente mucho frío y mucho miedo. Como ha comprendido Austerlitz, que mire adonde mire sólo ve signos de muerte a su alrededor, la conciencia de que todo está relacionado con todo, de que nada deja de suceder de manera definitiva, de que al final la vida se reduce a un punto ciego sin duración, únicamente puede conducir a la más estricta desesperación.

 

 

Sobre una crónica de Joseph Roth

March 11, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (2)

      De todos los artículos escritos entre 1920 y 1933 y reunidos con posterioridad en el volumen titulado Crónicas berlinesas, con seguridad es el último, El auto de fe del espíritu, publicado en los Cahiers juifs de París en 1933, aquél en que el judío Joseph Roth (1894-1939) se muestra más lúcido y analítico sobre las circunstancias que en esos momentos vivía Europa, lo cual hoy en día debe darnos mucho en lo que pensar.

       Cuenta Sebald una anécdota que, conociendo el desarrollo de las cosas y sabiendo cómo acabó todo, pone los vellos de punta: en 1931 Roth, que está de viaje por Sajonia-Anhalt, entra para tomar algo en un mesón de Halberstadt; de inmediato comprende que allí dentro está en peligro y que lo mejor que puede hacer para salvar el pellejo es camuflarse con el ambiente, dejando de ser el que verdaderamente es, y pasar lo más inadvertido posible, así que pide una cerveza y se sienta a leer el Amtsanzeiger, periódico de extrema derecha de ideas antisemitas y antidemocráticas. Ese gesto tranquiliza a los demás clientes, recelosos con el recién llegado, hasta el punto de que uno de sus vecinos de mesa incluso levanta su cerveza en el aire y brinda por su salud. Roth se bebe la suya y sale de allí lo antes posible, y más tarde, en una conversación con unos parientes, les dice que es muy tarde ya y que esas ciudades alemanas se encuentran “a cinco minutos del pogromo”.

       Las funestas ideas del pogromo, de la patria perdida, del exilio, de la exterminación, del pueblo errante y perseguido están claramente expresadas en esta crónica, cuyo título trae a la memoria la quema de libros en la Bebelplatz, frente a la Ópera Nacional, el 10 de mayo de 1933, con el inquietante añadido de que es una vocación esencialmente europeísta la que cae aplastada bajo el peso de las botas de un ejército compuesto de cabos embrutecidos. Porque ésa, la mentalidad de cabo embriagado de poder y soberbia, es la que da el tono exacto a la desgraciada época que comienza. Descorazonado, irritado por la ignominiosa losa de insultos y mentiras que de repente ha caído sobre los judíos en todos los órdenes, en especial si son alemanes, Roth, al que Berlín jamás le llegó a gustar, comprende que él mismo se encuentra en una posición cada día más difícil y que no tiene otra salida ante sí que el exilio en París, en un mundo que no es el suyo, donde no tarda en morir entre reflujos de alcohol.

       Una idea que le dominó siempre es que con el imperio austrohúngaro no es sólo una entidad política y militar lo que deja de existir para pasar a la historia, sino también toda una idea, la de Europa, en la que por lo menos no había lugar para el estallido de la barbarie en estado puro. En él hay una correlación estricta entre la propia identidad y la pertenencia al imperio, de manera que el fin de uno implica el extravío de la otra. Desolado, pasa revista a muchos de los nombres judíos nacidos en Europa y volcados hacia la cultura europea, y no puede aceptar que sus magníficos logros sean ahora enarbolados por quienes, con sus primarios espíritus de cabos salvajes y endemoniados, se consideran a sí mismos la auténtica encarnación del europeo y no vacilan a la hora de usurpar toda una tradición. “El mundo amenazado y aterrorizado debe darse cuenta de que la intrusión del cabo Hitler en la civilización europea no significa solamente el principio de un nuevo capítulo en el terreno del antisemitismo. ¡No! Lo que dicen los incendiarios es cierto, pero en otro sentido: este Tercer Reich es el comienzo de la destrucción”, dice. Pero también tienen una parte de responsabilidad los judíos de los estratos más altos de la sociedad que buscaron una asimilación imposible, dejando de ser lo que eran y locos por aparentar que son lo que no son. También ellos pusieron su grano de arena para el desencadenamiento del desastre en mitad de una Europa que asiste al definitivo derrumbamiento de su mito, porque la grandeza de Europa puede muy bien no haber sido más que eso, un mito fundamentado en el colonialismo, en su capacidad económica e industrial y en el indudablemente impresionante repertorio de ideas al que ha dado lugar desde Grecia, de modo que es posible que ahora, en 2009, en medio de una crisis que no es sólo financiera y económica sino también de ideas, tengamos nosotros, los europeos, la oportunidad de poner en claro nuestro pasado y nuestra función en el mundo, tachando lo que haya que tachar, haciendo borrón y cuenta nueva cuando sea necesario y elaborando un nuevo modo de pensar para el complicado mundo que se nos viene encima y que no será el que hemos conocido hasta ahora.

      Por eso pienso que la lectura de Roth, y en particular la de esta crónica, es una buena ocasión para recordar lo más negro de Europa, un continente desplazado de sí mismo, y para vislumbrar por dónde hemos de ir en el futuro en lo que nos es más propio, es decir, en el terreno de las ideas.         

LAS MEMORIAS DE MONTPARNASSE, DE JOHN GLASSCO

March 3, 2009 por Ubaldorodriguez   Comentarios (1)

     Leo estos días las Memorias de Montparnasse, que narran acontecimientos ocurridos en 1928, cuando el autor, con dieciocho años, abandona la ciudad de Montreal de una manera más bien llamativa y se va a vivir con una asignación mensual de su padre al centro del mundo. Leo sus recuerdos llenos de vida y se me viene a la cabeza que también yo, hace ya trece años, estudiante de francés, corrí por el bulevar Raspail, tomé café en las terrazas del Select y de La Coupole, volé por los túneles del metro hasta salir por la estación de Edgar Quinet, di vueltas por el cementerio donde están enterrados Man Ray y Tristan Tzara y comí en el restaurante universitario de la rue Assas, donde uno se podía hartar por lo menos de ensalada.

      Claro que por aquel tiempo yo no tenía ni la más remota idea de lo que Montparnasse en particular ni París en general habían significado para el arte del siglo XX, más allá de unas pocas nociones de lo más vagas, ni había oído hablar de toda esa gente que después de la Gran Guerra abandonó sus países con lo puesto porque comprendió que en ellos no tenía nada que hacer y se fue a vivir a aquel barrio que, ahora me doy cuenta, más que un barrio era todo un universo. Glassco es uno de ellos, aunque de los últimos. En cierto modo, llega tarde. Ya el simple comienzo del libro nos da una idea de lo que busca y lo que deja atrás: “Invierno en Montreal, 1927. La vida de estudiante en la Universidad McGill me ha deprimido hasta el punto de no poder continuar con ella. No estaba aprendiendo nada; el plan de estudios estaba previsto como mucho para que me convirtiera en un profesor destinado a dirigir a otros en su debido momento por la misma senda de hechos sin vida. Sólo tenía diecisiete años y me dominaba la sensación de que estaba echando a perder mi tiempo y mi juventud”.

El remedio: irse a Montparnasse. Ni siquiera a París, sino a Montparnasse. Qué lugar tan fascinante. Uno está tentado de creer que el encanto de las épocas pasadas sólo es obra de los años y las mentiras, lo cree porque mira a su alrededor y casi todo es pequeño y aburrido y da por hecho que las cosas siempre han sido así, y luego aprende de qué iba en realidad aquello y comprende que hay momentos y lugares en la historia más allá de las razones prácticas de cada día, desbordantes de vida y plenitud, y que a la cabeza de todos ellos se encontraba Montparnasse al menos mientras la otra crisis, la del jueves negro de 1929, no había estallado todavía. Entonces la realidad se le presenta a uno con caracteres todavía más vulgares de lo que suponía, aunque ya no existe ni el consuelo de poder marchar a Montparnasse y lo que vemos es todo lo que hay. Y Glassco lo presiente desde la lejana Montreal, intuye que allí está la auténtica vida así que se larga sin pensárselo dos veces una gélida mañana en compañía de su amigo (¿y amante?) Graeme Taylor, en un convoy de tres taxis llenos a rebosar de baúles, mantas, abrigos y bastones, rumbo primero a la estación Bonaventura y después al puerto de Saint John, donde subirán al buque que tras un espantoso viaje les deja en Cardiff. En Londres hacen una visita al escritor George Moore y luego, por fin, a París.

       A los dieciocho años importa poco dónde o cómo viva uno, si el colchón tiene chinches o no hay cuarto de baño, porque lo importante es vivir. Y Glassco vive. Vaya si vive. Come, bebe, pasea, intenta escribir, viaja a la Costa Azul, sale con los amigos, tiene amantes, se acuesta a las tantas, le contagian una enfermedad venérea, va a burdeles, duerme bajo el Pont Neuf, posa para fotografías pornográficas y hace de gigoló. Quiere ser escritor, y una vez le hacen mecanografiar páginas por las que no le pagan lo convenido y otra el editor le da un cheque sin fondos y luego desaparece. Porque Glassco se ha metido de cabeza en la vida fluyendo y cuando la vida fluye en Montparnasse pasan todas esas cosas que al cabo de los años ya sólo perviven en el recuerdo, hasta que la fiesta acaba y alguien apaga las luces. Primero Taylor tiene que regresar a Canadá porque su padre está en las últimas, luego Glassco recibe una carta del suyo en que éste le dice que no le piensa dar un dólar más y que vuelva a casa lo antes posible y, por último, se queda en la calle, no tiene dinero ni sitio donde vivir y Wall Street se hunde. Escalofriante, la semejanza con lo que vivimos hoy en día: “Has conseguido una visión fresca de una época moribunda. Pero no puedes volver a darle la vida sólo con mirarla. El modo de vida de los expatriados está alcanzando el final. El crepúsculo de los dioses apunta; la banca internacional está cerrando las portières al cielo, o más bien está bajando sus persianas metálicas. No hay más crédito, la partida ha terminado, el mundo debe volver a trabajar”, le dice un amigo en el pequeño tabac del bulevar Montparnasse.

       No sé si John Glassco es un gran escritor o no, pero no creo que sea ésa la cuestión. Herbert R. Lottman sólo lo menciona al final de El París de Man Ray, entre las notas del apéndice, lo mismo que hacen Billy Klüver y Julie Martin en esa verdadera enciclopedia para los años 1900-1930 que es Kiki et Montparnasse. Siempre he pensado que cuando en una novela, y la forma de estas memorias, aunque hablan de hechos reales, es novelada y, en consecuencia, no se ajustan con exactitud a lo que pasó, que es lo que menos importa, que cuando en una novela lo que uno ve en primer lugar es la propia vida del autor y no su recreación con vistas a una obra de arte nos encontramos ante algo que, desde el punto de vista del arte en sentido estricto, no es gran cosa. Pero puede ser, claro está, que nos embargue y domine con más intensidad de lo que lo haría una novela pura y dura, y eso es lo que ocurre con Glassco. Porque me pregunto si escribir una novela de primer orden es en realidad lo que Glassco pretendía, si no sucederá más bien que su intención al escribir sus memorias no sea ni por lo más remoto situarse por encima de la que fue su juventud en Montparnasse sino precisamente ésa, contarnos en un fabuloso embrollo preñado de impulso vital cómo fueron sus tiempos allí, para que nosotros, sus lectores de hoy, nos muramos de envidia y deseemos con furia loca y ciega el sueño imposible de haber tenido veinte años en 1928 y haber vivido en Montparnasse sumidos en la ligereza del tiempo y los amigos que van y vienen, de las discusiones por el arte, de las copas a cualquier hora del día o de la noche y de las cenas de pato, caracoles y mosela a la una de la madrugada, sin la menor preocupación por el día de mañana.